Hay lugares que no mueren, aunque sus puertas se cierren, lugares que se convierten en cicatrices luminosas en la memoria colectiva.

Hoy, al caminar por la plaza de Jamay junto a mi esposa, mis ojos se detuvieron en esa esquina que guarda un secreto: la tienda de Don Paco.

No fue un simple negocio, sino un universo contenido en cuatro paredes, un espacio donde la vida se desplegaba en aromas, colores y voces, y donde cada objeto parecía guardar un secreto de la infancia y de la comunidad.

Allí, entre mostradores de madera y estantes abarrotados, se tejió la historia de un pueblo que encontraba en lo sencillo la riqueza más grande.

Y junto a Don Paco siempre estaba Doña María Luisa, su esposa, la guardiana silenciosa de aquel templo cotidiano.

El templo de lo cotidiano

Entrar en la tienda hace 50 años era sumergirse en un mundo paralelo, un universo donde cada objeto tenía un alma y cada aroma era un conjuro.

No existían los pasillos fríos ni los códigos de barras; todo se medía en el trato diario y en la confianza del marchante.

Detrás del mostrador de madera y cristal, Don Paco y Doña María Luisa dominaban un orden perfecto que a ojos de cualquiera parecía un caos: pirámides de latas que rozaban el techo, torres de cajas de jabón en polvo, sacos de frijol y azúcar apilados como murallas; así como ese aroma inconfundible que mezclaba café recién molido, chiles en vinagre, papel estraza y raticida.

Era un olor que se quedaba grabado en la memoria, como una contraseña secreta que abría las puertas del pasado.

Interior de la tienda de Don Paco de Jamay

El tesoro de los niños de Jamay

Para los niños la tienda era un paraíso. Los enormes vitroleros y frascos de vidrio copeteados de dulces eran una tentación irresistible.

Bastaba llevar unos cuantos centavos en la mano para salir con un botín: caramelos macizos de limón o cereza, gomitas azucaradas, pastillas de dulce, chicles de bola, los clásicos Canelita, los borrachitos de colores, las botellitas de azúcar con alcohol, los quebramuelas, los dulces de tamarindo, las paletas multicolores, los mazapanes, las cocadas y el turrón de almendra.

Cada dulce era un pequeño milagro envuelto en papel, una chispa de felicidad que se compartía entre amigos.

Don Paco despachaba con paciencia, metiendo la mano en esos frascos que parecían mágicos, mientras calculaba la cuenta en una libreta gastada o en el mismo papel estraza.

Los niños salían con los bolsillos llenos de dulces y el corazón rebosante de alegría. Y detrás, la mirada cómplice de Doña María Luisa, que sabía que esos dulces eran más que golosinas: eran semillas de recuerdos.

El inventario infinito

La tienda de Don Paco era un universo donde cabía todo. Allí se encontraban sogas, pan, huevo, azúcar, frijol, alcohol suelto y las coquitas de vidrio, las maravillas, las chaparritas y tantos otros recuerdos que hoy parecen esfumados.

Los cigarros Faros y Alas, la Pepsi en botellas de vidrio, las gelatinas de limón, leche y tamarindo.

El dinero alcanzaba para todo y las medidas se hacían con cajitas de madera para el piloncillo, mientras la vieja báscula de hierro se resistía a marcar el peso correcto.

Don Paco, con un buen zurdazo, golpeaba la báscula y parecía convencerla de obedecer.

Y no faltaban las velas de cebo, las veladoras para los altares, los clavos y cazangas, los azadones para la milpa, el petróleo para las bombillas, el carbón para las cocinas, las pilas y botones, los cierres, los hilos y agujas que salvaban la ropa desgarrada.

Doña María Luisa y Don Paco, dueños de la antigua Tienda de Don Paco en Jamay

Los dulces cristalizados brillaban como joyas en los estantes y las pomadas de la campaña, el Vaporub y los remedios caseros se ofrecían como bálsamos para los males del cuerpo y del alma.

En los estantes también reposaban los quesos grandes, redondos y olorosos; la crema fresca, guardada en frascos que sudaban frío; las galletas largas, perfectas para acompañar el café; las galletas de animalito, que hacían sonreír a los niños; y las galletas de espejo, dulces que devolvían la mirada como si fueran pequeños cristales de azúcar.

Todo lo imaginable se encontraba en esas cuatro paredes, como si Don Paco y Doña María Luisa hubieran logrado atrapar el mundo entero en su mostrador.

El refugio del pueblo

La tienda no solo llenaba la panza de los chiquillos con dulces, también borraba el hambre de algunas familias, alegraba el cansancio de los viejos con un trago de alcohol y refrescaba las tardes con una Pepsi o una coquita.

Era un refugio donde la necesidad encontraba respuesta y donde la vida se sostenía con lo básico.

En esas paredes se tejían historias de solidaridad y esperanza, porque Don Paco y Doña María Luisa sabían que su tienda era más que un negocio: era un servicio al pueblo, un espacio de encuentro y de alivio.

El ocaso de un sueño

Con el paso del tiempo, la modernidad fue llegando a Jamay. Las básculas digitales reemplazaron los viejos aparatos, los puntos de venta automatizados sustituyeron las libretas y el papel estraza, y las grandes tiendas comenzaron a desplazar a las misceláneas de antaño.

En 1994, Don Paco decidió vender la tienda y la casa, porque Doña María Luisa enfermó y necesitaba atención constante en Guadalajara.

Se fueron juntos, acompañados por su nieta Mónica González Sahagún y desde entonces Don Paco se dedicó por entero a cuidar a su esposa.

Representación de Don Paco atendiendo su tienda, hecha con IA

La tienda siguió funcionando un tiempo más bajo otras manos, pero ya no era lo mismo: el alma del lugar se había mudado con ellos.

Doña María Luisa falleció el 13 de febrero del año 2000. Don Paco, incapaz de soportar la tristeza, enfermó y murió el 18 de septiembre del mismo año.

Ese 2000 hubiera sido también el año en que celebrarían 60 años de casados, el 10 de julio.

Juntos tuvieron 15 hijos —de los cuales vivieron 13— y dejaron un legado de 50 nietos. La tienda fue su sustento, su refugio y su manera de estar presentes en la vida de todo Jamay.

El presente de lo que fue la tienda de Don Paco

Hoy el lugar de la tienda de Don Paco sigue inerte. En la plaza, respirando recuerdos, las viejas puertas de madera siguen intactas, como piel que niega a morir, llenas de estrías que el tiempo les ha dejado.

Ahora el espacio alberga otro negocio, también con mostradores: las nieves y aguas frescas de Tocumbo.

Paco y Doña María Luisa están ausentes, pero las voces siguen resonando, las monedas siguen sonando y las manos arrugadas de Don Paco han sido reemplazadas por manos jóvenes que continúan la tradición de ofrecer alivio y frescura en la misma esquina.

La tienda de Don Paco y Doña María Luisa no fue solo un lugar de compras, fue un espejo de la vida misma, un refugio de memorias y un símbolo de comunidad.

Allí se aprendió que la confianza podía medirse en puños de frijol, que la alegría cabía en un puñado de dulces y que la solidaridad se escribía en libretas gastadas donde se apuntaban deudas que muchas veces jamás se cobraban.

Hoy, aunque sus puertas ya no se abran para despachar caramelos, pesar frijol en la báscula rebelde o vender queso grande, crema y galletas de espejo, su esencia permanece en la nostalgia de quienes lo vivieron.

Foto de Don Paco en su tienda de Jamay

Porque hay espacios que no mueren, que se convierten en cicatrices luminosas en la memoria colectiva.

La tienda de Don Paco es uno de ellos: un universo en cuatro paredes que nos recuerda que la verdadera riqueza está en lo sencillo, en lo compartido, en lo humano.

Y mientras la plaza de Jamay siga respirando, la tienda seguirá viva, latiendo en cada recuerdo, en cada historia, en cada corazón que se detiene frente a esa esquina y escucha, aunque sea en silencio, el eco de un pueblo entero.

La tienda cerró sus puertas físicas en 1994, pero abrió para siempre las ventanas de la memoria.

Y en esa memoria, Don Paco y Doña María Luisa siguen atendiendo, siguen pesando frijol, siguen envolviendo dulces en papel estraza, siguen ofreciendo galletas de animalito y de espejo, siguen sonriendo detrás del mostrador.

Porque hay universos que, aunque se apaguen en la realidad, permanecen encendidos en la eternidad de los recuerdos.

Agradezco infinitamente la información proporcionada por Mónica González Sahagún, por sus datos y fotografías inéditas de Don Paco y Doña Luisa.


Fotografías: Cortesía Mónica González Sahagún

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Omar Antonio López Chávez
Reportero y fotoperiodista de Jamay, Jalisco. Egresado de Periodismo del CUCiénega. Colaborador en medios como Guía Ocotlán, Guía Jamay, Semanario el portal.