
Reseña de la obra “Ritual para descomponerse (y volver a mirar)”
Nunca se me había ocurrido que recibir placer sexual es tal cual como si alguien supiera leer muy bien un libro… un libro que de hecho es tu cuerpo. Entonces uno le diría a ese gran consumidor de letras: “¡Léeme!”, tantas veces como fuera posible.
Que alguien conozca el ritmo de tu respiración, tus gestos, tus silencios y tus miedos.
Y a partir de eso saber en qué rincón explorar, puede parecerse mucho a que alguien entienda perfectamente el lenguaje de tu cuerpo.
Uno puede concordar con esa analogía luego de ver la puesta en escena Ritual para descomponerse (y volver a mirar), que explora el deseo y la vulnerabilidad en los encuentros sexuales entre varones, donde se usan drogas químicas (chem sex).
El cuerpo, territorio de emociones en “Ritual para descomponerse”
Esta obra dirigida por David Arellano y producida por Fernando García, director de Estudio Teorema, no aborda esta práctica con un acento de glorificación ni satanización.
Sino desde entender cómo funciona el mecanismo emocional de cualquier persona frente al placer.
Y cuyo cuerpo es un archivo complejo de heridas y motivaciones, que encuentran cierta paz en el éxtasis, cuando todo se vuelve luminoso; pero que luego del clímax se aterriza a una oscuridad que obliga a alcanzarlo de nuevo.

Ritual para descomponerse (y volver a mirar) tiene un poder escénico gracias a su dramaturgia, la capacidad técnica y el lenguaje visual y sonoro que adentra a lo luminoso y lo confrontativo.
Aquí el espectador puede percibir el éxtasis sin morbo, pues aunque los tres personajes coexisten semidesnudos y desnudos en un lugar de encuentros sexuales, a nivel interpretativo no hay una lógica pornográfica.
Ya que se es testigo de cuerpos que sí están atravesados por el deseo, pero también por la tristeza, el vacío, la ansiedad, la necesidad de pertenecer y el miedo a quedarse solos después de interactuar con otro u otros.
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Un ritual hecho en la clandestinidad
Son tres personajes que dictan la trama de Ritual para descomponerse (y volver a mirar): Anochecer (Héctor Jiménez Castillo), Amanecer (Alejandro Mendicuti) y Alba (Emiliano González).
Este trío –con nombres de momentos que existen en zonas intermedias, ambiguas entre de día y noche– lleva al espectador a contemplar puntos de intersticios entre el placer y el dolor.
La historia nos narra la llegada de Anochecer a un sitio clandestino, donde la música, la oscuridad y los rayos de luz dictan la ruta para encontrar el placer; aunque eso implique deshojarse a sí mismo para dar con ello.

Ahí se encuentra con Amanecer, quien aprendió a hablar con la luz desde niño cuando se estrelló contra un vitral y los vidrios de colores clavados en su cuerpo le dejó una red de cicatrices en su torso y que porta como un don.
En el lugar también está Alba, que observa en oscuridad y quien utiliza la luz para mover el deseo entre Anochecer y Amanecer.
Los tres se compenetran en cuerpo y alma haciendo un ritual erótico, donde la violencia se transmuta en ternura y la fragilidad se expone.
Acerca de esa fragilidad expuesta, Anochecer le pide a Amanecer que le lea uno de los textos de las hojas cortadas de su libro: “¡Léeme!”, y es así como éste termina balbuceando frases ya que su boca está llena…
Es así como los cuerpos dejan de ser objetos eróticos para convertirse en territorios emocionales.

En todo ello, hay un ciclo que se repite y, luego de la plenitud sexual, queda la sensación de un cuerpo que se descompone.
Una obra para incitar a la reducción de riesgos
Una batalla alternativa al combate de las adicciones por sustancias es la concientización para la reducción de riesgos.
Esta puesta en escena hace un llamado a que las personas que tienen prácticas chem sex conozcan cómo evitar daños a su organismo o incluso la muerte.
A decir del productor de Ritual para descomponerse (y volver a mirar), Fernando García, la obra está vincula con Traza Social, AC, organización que realiza charlas y talleres para salvar vidas.

“Traza Social da información acerca de un curso en línea para personas que ya tienen un consumo de drogas o un consumo de cristal o de consumo de chemsex”.
“Esto para que sepan cómo pueden generar estrategias de cuidado para poder contener y poder controlar el consumo”, compartió el productor escénica.
Recordó que parte también de la estrategia es la misma obra escénica para llegar a las audiencias, sobre todo en la parte de la reducción de riesgos, desde la empatía y desde el entendimiento de los vacíos emocionales que muchas veces rodean esas prácticas.
“Somos gestores culturales también, gestores y emprendedores sociales”, compartió.

Fotografías: Estudio Teorema


