Padre Chuchín


“La docencia ha sido parte de mi vida. Soy sacerdote, por supuesto, más que nada. Pero la docencia ha sido parte de mi vida. Mi agradecimiento a la UdeG. Hasta donde yo sé, un jubilado no puede dar clases, pero yo he sido un privilegiado”.

Con estas palabras el doctor José de Jesús Gómez Fregoso, mejor conocido como “Padre Chuchín”, sacerdote jesuita y doctor en Historia por La Sorbona de París, recibió un homenaje en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) de la Universidad de Guadadalajara, donde a sus 86 años de edad sigue impartiendo cátedra.

Hombre culto, librepensador, promotor de la conservación del patrimonio cultural y de las tradiciones tapatías es profesor de dicha universidad desde 1974, por lo que la institución lo reconoció el pasado 25 de junio.

“Pero debería ser al revés. Yo estoy muy agradecido y yo soy quien debería de hacerle un homenaje a la Universidad de Guadalajara. A mis 86 años, ya jubilado, todavía me dejan dar clase. Y todavía me dejan tener esta oficina para trabajar, seguir escribiendo y hacer mis investigaciones”, señala.

Entre montañas de libros, recibe al reportero en su oficina de la Biblioteca Manuel Rodríguez Lapuente. Se trata de un remanso de paz, al que no llega el ruido de los automóviles y los claxon, ni la caótica bulla de la urbe tapatía, que ya no se parece a aquella Guadalajara a la cual se mudó en 1942  “El Padre Chuchín”, cuando abandonó su natal Zapoltitic.

Padre Chuchín
Homenajeado. La UdeG reconoce la labor del Padre Chuchín, sacerdote jesuita que ha formado generaciones de profesionales de bachillerato y licenciatura

Gómez Fregoso estudió  la primaria en el Colegio Unión, donde se enamoró de la literatura de Julio Verne y Emilio Salgari. Luego, con la ayuda del padre Jesús Escalante, ingresó a la Escuela Apostólica de San José en la Ciudad de México, y después a la Compañía de Jesús en San Cayetano, el 5 de enero de 1949.

Siempre amó la historia, inspirado por el legendario padre Francisco Xavier Clavijero y el chihuahuense José Fuentes Mares. El culmen de sus títulos académicos se dio en 1970, cuando obtuvo el doctorado en Historia por La Sorbona, en París.

¿Cómo se da la llegada de un sacerdote a la UdeG en plena década de los 70?
Yo llegué a la UdeG en 1974. En aquel tiempo me invitó el licenciado Carlos Ramírez Ladweig, habló con el rector del ITESO y pidió diez jesuitas para incorporarnos a la UdeG. Él decía que estaba preocupado con el marxismo exacerbado que había en aquella época en la UdeG y quería levantar el nivel académico. La invitación de momento no me interesó, nací en la poscristiada y todo lo que olía a gobierno para mí era lo peor. Y la UdeG para mí era gobierno. Pero reflexioné la idea, accedí, y me enviaron a la Prepa 2. Eran tiempos de un marxismo muy primitivo y cierto ambiente antirreligioso. Yo nunca tuve una muestra de reclamo. Estuve en la Prepa 2 hasta el año 95, más de 20 años. La Prepa 2 era la mejor desde mi punto de vista. Libros de texto, material audiovisual, programas de estudio, todo era diseñado por maestros de esa escuela. Fue una época muy bonita y recuerdo a mis alumnos con mucho afecto. En 1995 me invitaron al CUCSH, a impartir en Historia. El doctor Durán, que era rector en aquella época, me trató muy bien, me dio esta oficina que nadie tiene y mucha benevolencia. Me jubilé hace diez años pero me permiten dar una clase sobre historiadores griegos y latinos. Y me da mucho gusto dejar algo a los jóvenes de lo que deseo transmitir.

¿Qué tan complicado fue para usted impartir cátedra en una época de intolerancia hacia lo religioso?
Sí había rojillos muy rojillos. Yo diría, muy belicosos. Yo evité debates, hablo de lo que sé y no me meto en problemas. Siempre respeté la academia. Es lo que debe ser. A mí me invitaron como maestro, no como sacerdote. Sí me invitaba mucha gente a bautizos, bodas. Casi siempre los grupos que terminaban la prepa pedían una misa y la decía con mucho gusto. Pero ellos me pedían. Sin ocultar nunca mi calidad de sacerdote, jamás rompí la cátedra para difundir el culto. Yo impartía mi materia y punto. Siempre distinguí mi posición de académico y sacerdote, nunca lo he negado y sigo ejerciendo el ministerio. Aquí a unas cuadras, en Alcalde, llevo más de 40 años diciendo misa los domingos, en el Templo de la Trinidad. Y me da mucho gusto estar con gente que tiene fe religiosa, me anima mucho saber que no estoy solo. Y hay mucha gente que piensa lo que yo pienso. Y a muchos maestros, ex alumnos, yo los casé. Al rector saliente, Miguel Ángel Navarro, yo lo casé, la primera vez, porque enviudó. Pero ellos me buscan a mí con mucho cariño.

Padre Chuchín
Comprometido. “Siempre distinguí mi posición de académico y sacerdote, nunca lo he negado y sigo ejerciendo el ministerio. Aquí a unas cuadras, en Alcalde, llevo más de 40 años diciendo misa los domingos, en el Templo de la Trinidad”, compartió el Padre Chuchín

Entre sus líneas de investigación están los movimientos obreros y sobre todo la Revolución Mexicana… ¿De aquellos ideales qué queda?
Si algo bueno surgió de la Revolución, fue el Artículo 123. No la no reelección, eso no es tan importante para mí, sino los logros en la ley para el trabajo. El sector obrero fue el que más se benefició, más que el agrario, que tiene sus bemoles. Pero en la práctica eso está prácticamente derogado. Ya no hay contratos, ni seguridad, ni jubilación. Lo han borrado, tristemente.

Usted también ha participado con cientos de artículos en medios de comunicación, y  ha visto como la censura se desmoronó gracias a los medios digitales.
Sí, ahora la información está al alcance de todos, en cierta forma qué bueno. Yo el celular lo uso sólo para llamar y prefiero el correo electrónico. Me confieso antediluviano. Pero la computación y todo lo que implica es un avance equiparable a la invención de la imprenta.

¿A sus 86 años, cómo se siente y qué sigue para “El Padre Chuchín”?
Actualmente estoy escribiendo mis memorias. Soy un hombre que ha luchado y cumplido sus sueños. Dice Antoine de Santy Exupery, en Tierra de Hombres, que el hombre se mide ante el obstáculo. Hace falta el esfuerzo para poder crecer. Este libro, por cierto, termina con una escena que me marcó. Cuenta que una vez iba en un tren de París a Varsovia, y unos braceros polacos regresaban a Polonia, con su esposa y su hijo. Lo que más le lastimaba a Antoine era ver al niño, entre sus padres, sin esperanza, condenado a ser un obrero. Y dice: “Lo que más me duele es ver a Mozart asesinado”. Ese niño pudo haber sido un Mozart si hubiera quien lo eduque, quien le enseñe el arte. Sin duda, es muy sabio. ¿Cuánta gente pudo ser la gran cosa y no fue?

Fuente: Universidad de Guadalajara / La Gaceta de la UdeG
Información: Julio Ríos
Fotografía: Gustavo Alfonzo