La cantante colombiana Andrea Echeverri, vocalista de Aterciopelados, guarda una relación cercana con Guadalajara. Atesora recuerdos de esta ciudad, y escribe nuevos junto con el público tapatío

Es sábado 2 de julio y el Guanamor Teatro Estudio es el punto de encuentro con una de las figuras más emblemáticas del rock en español y de la música en Latinoamérica.

Frente al micrófono, con o sin su guitarra electroacústica tapizada de calcomanías, lo demuestra. 

Con su fuerte presencia escénica, moviéndose de un lado a otro, bailando, mostrando sus atuendos, capta la atención, incita a bailar, a ser cómplices.

Su canto lo hace con tal energía que se antoja saliendo desde lo más profundo de ella misma. Hipnotiza.  

Tantas cosas que ha vivido en Guadalajara, recuerda Andrea apenas toma la palabra para agradecer a los invitados. Relata cómo en 2001, previo a un concierto en el extinto Hard Rock Café recibió la noticia de la muerte de su padre, Enrique. 

“Fue rarísimo, estaba en una prueba de sonido y sonó divino, y bajé y me dijeron que mi papá se había muerto. Yo estaba embarazada y creo que fue la primera vez en la vida que canté sin estar borracha, aquí en Guadalajara”. 

La velada se prolonga por casi dos horas y el público no deja de corear sus canciones, de aplaudir, vitorear. No faltan las voces de quienes le gritan “¡Te amo, Andrea!” en el silencio de los instrumentos entre canciones, o cuando ella habla. 

 

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‘El ausente’

La cantante canadiense Gisun y la tapatía Sara Valenzuela anteceden, cada una con su propuesta, al grupo colombiano que, en esta ocasión, toca sin su bajista y miembro fundador, Héctor Buitrago, al parecer por algún problema migratorio. 

“Resulta que los pinches gringos de mierda toman el pasaporte de la gente y le dicen, ‘tendremos su pasaporte de 15 días a tres meses’. Marica, eso está contra con el derecho al trabajo ¿o no?”, expresa Andrea después de abrir el concierto con Cosita Seria

Pero Héctor Vicente, “el ausente”, como lo bautiza ella esta noche permanece en esencia en el concierto. De vez en cuando la vocalista lo recuerda, lo menciona, comparte con los tapatíos que tal o cual canción fue escrita por él. 

Una de esas canciones es Gritemos, a la que Andrea introduce animando al público a manifestarse, hacer una fiesta y expresar que se puede cambiar el planeta por uno más “chévere, más equitativo, más justo”. 

“En el 2019 empezaron estallidos sociales (Paro Nacional) en Colombia, está la gente dispuesta a salir a la calle y expresar su descontento por este sistema de mierda, vendiendo ahí todo por dos pesos y dejándonos a nosotros con pura polución y puros desechos”.

Andrés Cupabán, miembro de la producción de Aterciopelados sala al quite con el instrumento de las cuatro cuerdas y, a decir de Andrea, se aprendió “divino” las rolas. 

La antidiva

Andrea sale al escenario vistiendo una larga falda negra, un mandil con un estampado de un tigre que hacía las veces de blusa, así como un kimono entre azul y morado con imágenes de flores de cerezos y pavorreales. 

Calza unos huaraches plásticos entre verdes y azules, y una diadema con cinco signos de Venus, tres verdes y dos rosas. Fiel a su estilo, cambia de atuendos y accesorios en varias ocasiones. Todos coloridos y radiantes. 

Frente al micrófono, con ojos cerrados y una potente voz, impregna el ambiente con dosis de blues, rock, cumbia, ska, entre otros géneros que retumban en el foro; muestra con naturalidad y sin pretensiones su filosofía sobre el amor, la autoestima, la reivindicación de la belleza, en canciones como Piernas, Antidiva y El Estuche.

“Yo soy, yo soy/ Yo soy la antidiva/ Cómodo y suelto mi traje/ En tenis y sin maquillaje/ Como banda de garaje/ Natural y salvaje”, dice un fragmento de la canción Antidiva.

Del público le lanzan una diadema hecha con discos y taparroscas. Ella, contenta, agradece el gesto. Su facciones y movimientos transparentan la emoción que le produce estar ante un público entregado, y ver entre la multitud a niñas entusiasmadas que no pierden cada uno de sus movimientos.

“Gracias, muchas gracias a este público precioso que nos ha acompañado en este gozo poderoso”, repite Andrea en la parte final de ‘Bolero Falaz’.

Tributos y dueto

Uno de los momentos memorables ocurre casi al inicio del concierto: un homenaje a Gustavo Cerati. El escenario se ilumina de luces azules y moradas y el público canta en todo momento En la Ciudad de la Furia, canción que grabó Andrea en 1996 con Soda Stereo para su disco unplugged Comfort y Música Para Volar.

También alude a otros personajes del Rock en tu Idioma, como al vocalista de la Maldita Vecindad, Rocko Pachucote, al mencionar su famosa frase “Paz y baile” antes de tocar Luz Azul e invitar a los asistentes “a ser bacanos con el otro, a pensar en el otro, a tratar al otro como quiere uno que lo traten”. 

Pero no queda ahí. En Florecita Rockera, invita a cantar a Sara Valenzuela, quien durante su presentación confesó que Aterciopelados era una de sus bandas favoritas. Andrea recordó su trayectoria con La Dosis

La recta final se acerca y Andrea confiesa que solo tienen permiso de tocar una canción más, pero el público no se da por satisfecho.

Ella se envalentona, se vuelve cómplice. La noche cierra con tres canciones: He venido a pedirte perdón, de Juan Gabriel, Rompecabezas, y Mátenme porque me muero de los Caifanes.

Andrea toma de las manos a su banda y agradece al público. La acompañan Andrés Cupabán (bajo), Leo Castiblanco (guitarra), Paula van Hissenhoven (teclados y coros) y Jony Lacouture (batería).

🎧 Escucha cómo se vivió este concierto:

Producción y locución: Cristina Arana


Fotografías: Jonathan Bañuelos

Autor

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Reportero de Ciudad Olinka. Ha trabajado para NTR, Mural, Más por Más GDL, La Jornada Jalisco y Radio UdeG Ocotlán.