Las mentadas y la rechifla hacia la banda comienzan apenas sube al escenario. Pareciera que los asistentes, sobre todo los que están al frente, buscan bajarlos. Les gritan groserías y les pintan el dedo.

Pero para Los Rucos de la Terraza, la autodenominada peor banda de rock en México, el aparente desprecio del público les marca el ritmo para tocar sus crudas, estridentes, potentes, satíricas y ácidas canciones.  

Siddhartha Martínez, vocalista de la banda, incita al público, los reta a gritarle más fuerte, a que viertan sobre él una sarta de insultos. La interacción entre la banda y sus seguidores es intensa durante poco más de dos horas. 

Entre más groserías más se enciende la multitud, que no escatima en bailar slam, treparse al escenario o lanzarles vasos con líquidos -digamos cerveza- a los músicos, que tienen que hacerse de su destreza para esquivarlos, o no.

El público corea sus canciones y se suma, desinhibido, como si esperara el momento, a los actos que hacen de este show una estruendosa experiencia, como cuando Siddharta besa la cabeza de un cerdo o muerde un pollo crucificado y escupe los pedazos a la gente.

Acciones que impulsan a los asistentes a hacer una especie de catarsis.

Público. Los asistentes bailan slam, se trepan al escenario o les lanzan vasos con líquidos. Fotografía: Jonathan Bañuelos

El ritual

En entrevista, Siddhartha afirma que Los Rucos de la Terraza son una banda ritualista y complaciente. Se repiten en cada concierto, aunque presenten canciones nuevas, porque el público lo pide. 

“Respetamos el ritual, tal cual como la gente que va a misa, que ya sabe qué va a suceder. Es importante que suceda porque es parte del ritual y la gente lo está esperando”.

También forman parte del rito que la banda escancie cerveza o algún licor en las bocas de los asistentes, o que Siddhartha los “eyacule” con un dildo que saca de su pantalón, o los bañe con sangre falsa que extrae de una imagen de la Virgen de Guadalupe. 

Pero la banda va sumando actos que surgen desde el público, comparte Pablito, el bajista, como en la canción Buen Peñenguán, que se usa para nombrar, previa petición de la gente, a los difuntos.

Otro momento esperado es cuando, a petición de la audiencia, que corea su nombre incesantemente, Masturberto, el tecladista, baja del escenario y enciende un ‘torito’ de pirotecnia. 

Concierto. La banda zapopana presentó su tercer disco en el foro 907 Novecientosiete. Fotografía: Jonathan Bañuelos

Presentan ‘Fiusha’

El pasado 12 de marzo, el foro 907 Novecientosiete (Nueva Galicia 135), en el Centro tapatío, fue testigo de la irreverencia de esta banda zapopana. 

En una primera parte tocaron canciones de sus primeros discos, Katabuum!!! y Capirucho Chiquitero, para después dar lugar a la presentación de su tercer álbum, Fiusha. Un material con 14 canciones que, a decir de Sidhartha, está “chicloso”, “masticado”, “estirable”, y muy “pop-drido”. 

“Son canciones más universales. A cualquiera que no le guste la banda puede que le guste alguna rola del disco”.

Algunos de sus temas son Cholos de Nacozari, Me gustas por corriente y La que fuma Van Damme.

Relata que las rolas se van uniendo entre sí para ofrecer en vivo un show como montaña rusa, que lleva al público al límite, al éxtasis, para luego descender en picada entre sonidos oscuros. 

“La gente necesita primero deschongarse, tirar desmadre, echar bailongo, y llega un momento en que tienes que detener todo porque es tanto el desmadre que es momento de cansarlos, someterlos, sacudirlos, y que se vayan a dormir”.

Extravagantes. Siddhartha Martínez, vocalista de Los Rucos de la Terraza, incita al público durante los conciertos y los reta a gritarle más fuerte. Fotografía: Facebook Los Rucos de la Terraza

Un rock regresivo

Días antes del concierto, sentados en una mesa redonda de madera, con una jarra de agua loca de horchata, limón y charanda de por medio, los Rucos describen el sonido de su nuevo material, y coinciden en catalogarlo como un compendio de “clichés mal hechos”

“Un menjurje de estilos”, dice Masturberto. 

Fue grabado “lo más natural posible”: en directo, sin metrónomo y de forma análoga, emulando un sonido de cassette gastado de los años 80 o 90. Algunos teclados se grabaron en una iglesia, y la cantante Silvana Gutiérrez hizo los coros. 

La grabación también captó el ambiente y los ruidos del estudio donde fue grabado, el Taller Casa Gato, espacio donde confluyen todo tipo de expresiones artísticas, principalmente la pintura y la música.

Las letras de las canciones son satíricas y jocosas. Musicalmente van del hardcore a los ritmos tropicales. “Música bailable, pero introspectiva”.

“Como si Chico Che y Jim Morrison se besaran en una fiesta borrachos”, dice Pablo Favela, el guitarrista y productor de la banda.  

“Cada que lo escucho empiezo con muchos ánimos, empiezo a trapear chido y luego termino ensimismado a la verga”, secunda Siddhartha. 

Transgredir

Oriundos de Zapopan, Jalisco, Los Rucos de la Terraza se han ganado adeptos por su potente rock y las letras de sus canciones, retratos culturales y sociales de los tapatíos y mexicanos, así como situaciones de la vida misma. 

Había una temporada donde Facebook les inhabilitaba sus cuentas por considerar que compartían contenido sensible, por lo que aprendieron a “buscar vericuetos” para evitar el desgaste que eso representa.

“Cuando empezamos el perfil podíamos poner porno, gore, y hacer un cierto tipo de humor negro y ácido”, dice Siddtharta, al reconocer que han tenido que adaptarse.

Descarta que se trate de autocensura y que, más bien, significó comprender que algunos temas, como los de violencia más explícita, pasaron de ser transgresores a ser ofensivos.

No obstante, el show se ha hecho más crudo porque, dice Pablo Favela, las personas que pagan su boleto para verlos ya saben de qué se trata.

Y aunque cada vez asisten más personas a sus conciertos, un público más diverso, los Rucos desconocen su alcance en la escena independiente de la ciudad. 

De lo que sí son conscientes, dice Pablo Favela, es que están ganando más credibilidad porque musicalmente están más “chonchos”.

Esa noción se confirmó en la presentación de Fushia, pues demostraron que ejecutan sus instrumentos con destreza y virtuosismo, y que su música es lo que atrae y hace bailar al público.

Lejos están de ser la peor banda de rock en México. 


Fotografías: Jonathan Bañuelos/Los Rucos de la Terraza

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Reportero de Ciudad Olinka. Ha trabajado para NTR, Mural, Más por Más GDL, La Jornada Jalisco y Radio UdeG Ocotlán.