Tala. Foto: Saúl Mariscal Guzmán
Tala. Foto: Saúl Mariscal Guzmán

Por Bernardo Badillo

El 10 de enero de 1980, El Periódico Oficial del Estado de Jalisco agregó el adjetivo de “ciudad” a una urbe de la Región Valles, a Tala.

Se trata de una localidad que a finales del Periodo Preclásico, por sus condiciones geográficas, tuvo a bien ser la hoguera, el campo, el vestido y la cosmogonía de un grupo humano.

Dicha cultura se asentó en edificaciones radiales, que son mal llamadas pirámides (aunque aún no hay nombre determinado para ellas), que se sabe son la herencia de la tradición Teuchitlán.

Tala antes era Tlallan y se sabe porque aquí se han encontrado numerosas tumbas de tiro, en esta latitud de ciénega y bosque.

Tlallán fue un lugar arenoso de ardua labor, que muchas veces se pensó relacionada con Tollan, pero en coincidencia quizá sólo tenían lo fonético ó el culto al dios de la lluvia, Tlaloc, que era adorado también el el valle del Mezquital, en el actual estado de Hidalgo.

Tlallan significó mucho para los antiguos: desde el maíz y los tubérculos, la grana cochinilla, las cerámicas oconahua, la obsidiana y sus arquitecturas de adobes.

Pero también sus indumentarias de toba tala, pedernal y balastre, que son fiel rastro de practicas comunes que hoy todavía se practican.

Hacia mediados del siglo XVI, los conquistadores españoles llegaron a esta zona, para suplantar lo radial por la retícula cual juego de damas, según relata Fray Antonio Tello en sus crónicas.

Así pues, Tlallan, el lugar de los barbaros gigantes, fue castellanizado a Tala, nombre que coincide con la actividad forestal que también se realizo en algún momento de su historia.

Poco se sabe todavía de esta ciudad, de sus arquitecturas de adobe en la higuerita y de los raiceros que heredaron a cañeros, cultivo que llegó de Cuba después de que los españoles lo trajeran de India.

En este gran valle fértil para la producción de azúcar y de nuevos credos impuestos, se suplantó al dios del viento, Ehecatl, cuya presencia se hacía sentir entre las sierras de Cuauhtepec, Ahuisculco, La Primavera y el Volcán de Tequila.

Lo cambiaron por los favores de San Francisco, al que le instalaron en el centro de la localidad un espacio para su adoración, que creció con devoción y festejos cada 4 de octubre.

Los arroyos Gamboa, Zarco, Seco, Las animas, así como el bosque, fueron las bondades naturales para que la población conquistada durante el Virreinato.

Después de la Independencia y el Maximato, la población de Tala creció por la fortuna territorial del deseo extraño de Porfirio Díaz de conectar Guadalajara con Ameca.

El general Díaz estuvo cerca de la urbe hacia 1908, una noche de julio, cuando cenó en Los Cuisillos, hacienda de gran relevancia la cual tuvo territorios de la hoy cabecera municipal.

Hacia 1914, en el norte de Tala, se libró una de las pocas batallas de la Revolución Mexicana en Jalisco.

La industria cañera suplió a los trapiches que alguna vez produjeron panocha o piloncillo.

Los intercambios y movimientos sociales continuaron por la caña y éstos generaron tipologías de vivienda dignas, como las que hoy vemos en la colonia Obrera, a razón de políticas de vivienda del presidente Luis Echeverria.

Hacia los años 70, había dos cines todavía activos: El Latino y Los arcos. Luego hubo una Casa de la Cultura, un hospital, una central camionera para recibir a los visitantes en durante la Feria Nacional de la Caña, también casonas con molduras porfirianas o neoclásicas, y una torre que se terminó después de estar “mocha”.

En 1980, Tala no superaba los 15 mil habitantes, pero por su relevancia, sus personajes y sus oportunidades se consideró a partir del 10 de enero de ese año como ciudad.

Los talenses tienen un pasado prodigioso, pero pocos lo conocen aún; es lamentable escuchar que no hay nada que hacer en la ciudad, que es aburrida o que no genera interés.

Pienso que el interés se promueve desde el conocimiento y la colaboración, pienso que es necesario sentirse y saberse parte de las soluciones.

Entendamos a Tala como esa ciudad de ciudades que también es migrante, pero que tiene conocimientos ancestrales y actuales.

Sólo basta con voltear a ver al otro y entenderse como igual, reconocer en la urbe el origen y la identidad que algunas veces se borra.

Tala tendrá que tomar a bien practicas de las nuevas urbes, regresar o conservar esas practicas sociales que todavía la identifican como pueblo.

¡Felices 41, Tala!, desde un alguien de origen ajeno, que ha hecho de ti su hogar, su orgullo, sus experiencias y más cosas.

Eres una gran y gloriosa ciudad.