CinemaEra Francia del siglo XIX y un par de curiosos revolucionaron. En algún punto de la Historia los hermanos Lumiere innovaron en las artes y forjaron los cimientos del cine, y aunque esta idea surgió en Europa, no tardó mucho en llegar a Guadalajara.

Casi a finales de ese siglo llegó el cine a Guadalajara. Fue en 1896 cuando el vitascopio, un invento de Edison, y el cinematógrafo, de los hermanos Lumiere, empezaron una carrera que cautivó a los tapatíos: las imágenes tenían movimiento. 

Así empezaron las primeras proyecciones en esta ciudad.


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Locución y producción: Pablo Miranda Ramírez


En Guadalajara el lugar elegido para usar el vitascopio por primera vez fue el Hotel Humboltd, ahora llamado Hotel Francés, en el Centro tapatío, según recuerda el investigador Israel Tonatiuh Lay Arellano en su libro Datos y anécdotas de las salas cinematográficas de Jalisco 1980-2005

Sin embargo, un mes después, en octubre de 1896, Fernando Bon Bernard, un agente de los hermanos Lumiere, arribó a la ciudad con el cinematógrafo entre las manos.

El sitio que Bon Bernard eligió fue el Liceo de Varones, hoy Museo Regional de Guadalajara, donde aún se conserva una placa que conmemora aquel día de hace 124 años.

Después de eso empezaron a proliferar las proyecciones en la ciudad, algunas veces en carpas al aire libre, o en salones dentro de hoteles, como el Salón Verde, inaugurado en 1905 por los hermanos Stahl, o el Teatro Apolo. 

Legendario. El Museo Regional de Guadalajara, cuando era el Liceo para Varones, fue uno de los primeros sitios donde se realizaron exhibiciones de películas. Fotografía: Pablo Miranda Ramírez

La ciudad como locación

Poco a poco en Guadalajara el cine se convertía en algo cotidiano, incluso, empezaron a rodarse películas ahí.

Uno de los hermanos Stahl, Jorge, sería el encargado de filmar algunas de las primeras producciones, como Paseo a Los Colomos, Los portales o La salida de misa en Catedral.

Los Stahl también filmaron la primera producción tapatía con argumento, Ladrón de Bicicletas, cinta que incluía una persecución que culminaba en lo que ahora es el Parque Agua Azul.

Durante el rodaje de esa escena las autoridades locales confundieron la filmación con un hecho real y detuvieron al director, actores y demás staff de la película.

Con el paso del siglo XX la ciudad sufrió grandes cambios y crecimientos. Después del periodo de la Revolución Mexicana la sociedad tapatía disfrutó de cines como el Lux, el Tabaré, Imperio o el Royal.

A lo largo del tiempo el cine dejó una marca muy importante en Guadalajara, una ciudad que se hizo de lugares de exhibición, pero también brilló como locación para un sinnúmero de películas.

En su artículo, Lay Arellano cita el trabajo del investigador Guillermo Vaidovits, quien relata la vocación de las producciones hechas luego de los años 20 del siglo pasado:

“La filmación de películas en la ciudad y poblaciones cercanas fue emprendida por empresarios locales y por capitalinos que buscaban paisajes y temas mexicanos ‘dignos’, que contrapesaran la imagen de indios miserables, las casuchas de adobe y las pulquerías que figuraban en las películas extranjeras sobre México”.

El arranque de la escena fílmica jalisciense

En los años posteriores el Estado empezó a interesarse en apoyar la producción fílmica, sin embargo, el mismo gobierno en ocasiones podía influir en la elaboración de estas. 

Durante los treinta el nacionalismo se veía reflejado en la escena cinematográfica, con el objetivo de mantener despiertos vínculos de defensa a la nación y otras consecuencias de la Revolución Mexicana, señalan otros autores citados por Lay Arellano.

Posteriormente, durante los cuarenta, se realizaron esfuerzos del Gobierno local para impulsar la producción de cine hecho en Jalisco.

 

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En esos años se crearon varias casas productoras que elaboraron clásicos como La mujer sin alma (1944), con María Félix, o ¡Ay, Jalisco, no te rajes! (1941), con Jorge Negrete y Gloria Martín.

Guillermo Vaidovits, experto en historia del cine, califica este último film como el modelo a seguir en cuanto a melodramas rancheros, superando a otros clásicos como Allá en el rancho grande (1936), y dando pie a películas que también se convertirían en referentes del cine.


Fotografías: Pinterest/Sergio A GC. Pablo Miranda Ramírez.