Hiram Ruvalcaba, escritor de Zapotlán el Grande
Inspirado en Japón. El también académico del CUSur se basó en la leyenda de los mizuko, para explicar el dolor de la muerte de aquellos seres que no alcanzaron a nacer. Fotografía: Adriana González

Hablar de la muerte no es sencillo; mucho menos lo es cuando se trata de aquellos seres anhelados que por alguna razón no alcanzaron a nacer o que incluso vivieron poco tiempo en nuestro mundo. A estos pequeños se les conoce como mizuko, en la cultura japonesa.

Esa palabra, en español, se traduce como Los niños del agua, expresión que lleva por título una de las crónicas que le da nombre al libro ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, escrito por el maestro Marcos Hiram Ruvalcaba Ordóñez.

El autor es egresado y actual académico de la licenciatura en Letras Hispánicas del Centro Universitario del Sur (CUSur) y coordinador de Esquina Franklin Guadalajara, espacio que se encuentra en la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco Juan José Arreola (BPEJ).

El escritor, originario de Ciudad Guzmán, es fiel estudioso de la cultura japonesa, pues además es maestro en Estudios de Asia y África, por El Colegio de México.

Él compartió que este libro lo integran siete crónicas; cuatro hablan sobre situaciones que de alguna forma tocan distintos aspectos de la muerte.

“Me di cuenta de que la pérdida de estos niños que no nacen no tiene una manera de sobrellevarse, pues no suele haber una red de apoyo en la familia o amigos; no porque la gente sea mala o insensible, sino porque no estamos acostumbrados al tema”, dijo.

“Pero en Japón sí existe una ceremonia –agregó–, en la que las familias que padecieron de un mizuko ofrendan, por el espíritu del niño, una pequeña estatuilla de cantera que representa a Jizō, que es un bodhisattva (ser iluminado) que ayuda a las almas de estos pequeños a llegar a la tierra pura y así no se queden vagando en las orillas del Sai no Kawara, el río donde esperan para que los conduzcan al paraíso”.

Sobre ese tema y sus rituales en el país asiático, los cuales presenció entre 2017 y 2018, el autor creó crónicas adaptándolas a contextos como el de México.

“Japón toca este tema de una forma compleja y seria. De alguna manera, otorga una esperanza a los padres que no saben en dónde queda esa historia, porque uno se pregunta: ‘¿Vale la pena sufrir por esto, si ni siquiera nació o era muy chiquito, y ni siquiera conviví mucho con él (ella)?’”, manifestó.

Crónicas para repensar la muerte

En el libro Los niños del agua, Ruvalcaba Ordóñez presenta crónicas sobre contextos cercanos: “Hay una crónica sobre el tema de los agroquímicos que han intoxicado a niños de Autlán de Navarro; otra sobre una visita inédita que tuvo el Premio Nobel Kenzaburō Oé con Octavio Paz y Gabriel García Márquez en México”, declaró.

También habla sobre el niño Aylan Kurdi, quien murió ahogado en playas de Turquía, así como el teléfono del viento (kaze no denwa), ubicado en el pueblo de Ōtsuchi, Japón, donde la gente entra a una cabina y habla con una persona que perdió.

“Otra crónica es sobre Jizō, el ser iluminado que ayuda a las almas de los no nacidos, otra es sobre el ritual de los niños del agua y también sobre rituales que tenemos en México”.

Otro texto es sobre las carpas y el Jardín Japonés del Bosque Los Colomos. “Algo que ahí cuento es que la hermosa estatua blanca que tienen ahí es Kannon, una bodhisattva, y no la tal llamada diosa Dagoin Sambion, como muchos en Guadalajara creen”.

“El libro tiene unidad, a pesar de que no es novela, si lees las crónicas de principio a fin hay una intención de que aprendas cosas. Hay crónicas muy densas, pero al final se entenderá el porqué fueron tratadas. Más que hablar de Japón, es entender que la pérdida de un ser humano siempre nos hermana”, recalcó.

El Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay es organizado por la Secretaría de Cultura federal, la Secretaría de Cultura de Hidalgo y el Fondo Editorial Tierra Adentro, que editará el libro como parte del galardón.


Fuente: Universidad de Guadalajara
Información: Iván Serrano Jauregui
Fotografía:
Adriana González