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Por Francisco Vázquez Mendoza, para Coloteco


¿Qué es lo que hace a un hombre caminar de rodillas a lo largo de diez kilómetros? ¿Recorrer más de 100 kilómetros en una pintoresca caravana bicicletera o llegar a la meta en una reluciente camioneta del año con placas de Chicago?

Todos estos sacrificios conducen hacia el Señor de los Rayos, en Temastián, un poblado ubicado en el municipio de Totatiche, en la Región Norte de Jalisco.

En el amplio atrio, un par de paisanos hablan inglés. Las manos de él sostienen una videocámara en la que encuadra a la mujer, quien, tras acomodarse el cabello, queda en primer plano y en el fondo se observa un santuario de cantera blanca y rosa.

Al mismo tiempo, dentro del santuario, dos niños corren por los pasillos mientras sus padres van llegando al altar, de rodillas. Una vieja beata con un chal rosa percudido le grita al par de mocosos. Estas situaciones corresponden al lunes 3 de enero de 2005, al mediodía, previo al inicio de la misa con la que comenzó el novenario número 73 del Señor de los Rayos, una celebración que llegó a su clímax el 12 de enero.

¿Cuánta gente se arrodillará ante la imagen estos días?, pregunto. El delegado del pueblo, José María Covarrubias, comenta: “Venga en los próximos días y verá que no se puede caminar por las calles”, y el ciudadano Narciso García, llevado por la pasión, más que por la razón, afirma: “¡Uhhh, son millones!”.

No son tantos los peregrinos, como piensa don Narciso, pero tampoco son tan pocos como para ignorar este centro católico, que ha sobrevivido con éxito pese a compartir el estado con tres vírgenes muy populares (las de San Juan de los Lagos, Zapopan y Talpa) y que creció en el transcurso del siglo XX pese a encontrarse en una de las zonas de más difícil acceso de Jalisco. ¿Temastián? ¿Y eso dónde queda?, responde el jalisciense común del centro o del sur del estado. Allá por donde se dibujan los dedos en el mapa de Jalisco, contestarán algunos.

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Según el libro Los Cristos de caña, Temastián significa “junto al baño”. El pueblo, de mil 500 habitantes, tiene la característica de que la mayor parte de sus casas es de cantera. Pero la estrella de este lugar es un Cristo crucificado de tamaño natural, llamado el Señor de los Rayos.

Imagen que los pobladores católicos de la zona Norte de Jalisco han hecho suya, y que con el transcurso de los años su área de influencia se ha extendido por varios estados del norte de México. Se calcula que, en un año, alrededor de 300 mil peregrinos llegan frente a la imagen.

Santo con dólares

“Mi primer cheque lo mandé para el Señor de los Rayos”, dice Miguel, un joven chapeteado de 18 años de edad, acerca de la tradición de los habitantes de Temastián que se van a Estados Unidos

Aquí, como en otras regiones de México, muchacho que crece muchacho que se va. Y ésa es una de las constantes de los fieles: son migrantes de esta área. Los delata la ropa, las camionetas con placas estadounidenses y las palabras en espanglish.

Pero también está el perfil de los peregrinos humildes que llegan en camiones de primera, segunda y hasta tercera clase. Grupos numerosos o familias de Zacatecas, Aguascalientes, Saltillo, Nuevo León, Ciudad Juárez, Gómez Palacio, Durango, Guadalajara, Tepic, etcétera. Además de fieles muy bien identificados de Fresnillo, Valparaíso, Villanueva, municipios de Zacatecas, y de Torreón porque, ante la constancia, han terminado por crear amistades entre los lugareños. Por ejemplo, un club de tapatíos hace la visita anual desde 1950, de manera ininterrumpida.

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Temastián tiene tres características: el Cristo crucificado en las alturas de la parroquia, los dólares de los migrantes y un enorme banco de cantera en el subsuelo. El amplio santuario, los templos de las rancherías y, en promedio, ocho de cada diez casas son de cantera. Y no se la acaban.

Por estos días de 2005, un moño rojo cuelga en cada puerta y ventana de las casas, lo que realza las construcciones. Sin embargo, ya comienzan a aparecer dos que tres casas de otros materiales. Es un peligro, advierte el jefe de los tres policías del lugar, Carlos Alberto Enríquez Hernández. Él ha escuchado de programas con apoyo económico para este tipo de pueblo típicos, pero hasta ahí ha llegado la intención por buscar alternativas para conservar la arquitectura de Temastián.

El policía Enríquez Hernández, la regidora María Santos Ureña y el delegado municipal, José María Covarrubias, toman el sol frente al pequeño edificio público en esta fresca mañana del 3 de enero. En la oficina, dos secretarias aporrean las máquinas de escribir.

La economía del lugar se basa en los peregrinos y en los dólares de los paisanos. ¿Y la cantera? Todavía quedan 20 o 25 cortadores, pero con mucho esfuerzo sacan 200 pesos a la semana. Los canteros, además, cortan la piedra con barra. Trabajo duro; trabajo poco lucrativo no obstante la abundancia de la materia prima.

“No tenemos restaurantes ni hoteles. Necesitamos retener más tiempo a los peregrinos; que no sea un turismo de sólo unas horas”. El diagnóstico de la regidora María Santos Ureña es preciso. Ubica las necesidades. O visto desde el optimismo, las oportunidades. Sin embargo, el tono de sus palabras es más cercano al pesimismo. “Vaya con el padre, él tiene más datos”, dice.

En el cuerpo, los rayos del sol le ganan la batalla al frío. Ya queman. Pasamos al interior del edificio de la Delegación Municipal, que consta de sólo dos cuartos. Temastián no alcanza el rango de municipio. Es delegación de Totatiche, pueblo localizado a 10 kilómetros. El único impuesto que cobra es el derecho de piso a los tiangueros durante el novenario del Señor de los Rayos. El resto del año, nada.

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“Lo poco que entra se destina a la obra pública. Tenemos muchas ocupaciones, pero no tenemos dinero”. El delegado José María Covarrubias, la máxima autoridad civil en Temastián, sonríe con ironía. El tono de sus palabras recuerda el pesimismo de la regidora. Decido, entonces, hacerle caso: voy en busca del padre.

Para que la cuña apriete…

De acuerdo con el INEGI, Temastián tiene mil 421 habitantes. El padre Alejandro Valdés Loera afirma convencido: “Son mil 500”. Lo dice porque cuenta con los pelos de la burra en las manos, como en el dicho. En la Navidad de 2004 hizo su propio censo para después mandar una tarjeta de Navidad a cada casa. “Sé cuantos niños, jóvenes y viudos hay. Cuántos amancebados, hombres solos, enfermos”.

El sacerdote tiene una carraspera característica por este frío invierno. Conoce bien Temastián: aquí nació, de niño fue acólito, en su adolescencia cortó cantera, ayudó en la culminación de la construcción del santuario, después fue contador público y luego sacerdote. Tras pasar 45 años en distintas iglesias, regresó en 1999 con la encomienda del Arzobispado de Guadalajara de “arreglar algunas cositas”. Y ya se notan.

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El atrio del santuario se ha ampliado, se creó una nueva sala para colocar los retablos, hay un baño público con 60 piezas y se está comenzando a construir, “y sólo Dios sabe si lo lograremos”, una zona pastoral de 20 cuartos, un asilo de 40 salas y un hotel con otras 40 habitaciones, además de un estacionamiento.

En la tienda de artículos religiosos han aumentado y diversificado los productos. ¿Y cómo se logrará todo esto? La industria de la fe es la impulsora del pequeño desarrollo en este pueblo alejado de la mano de la autoridad, sin infraestructura industrial, fábricas ni maquilas.

“Como conocedor del pueblo, el cardenal supuso que no me darían la contra. Y la gente en general ha respondido. Las personas que viven aquí y las que están en Estados Unidos me conocen y yo las conozco. Yo tengo mi forma de pedir, informo de lo que entra y de lo que sale”.

Sobre una mesa colocada en el corredor de la casa sacerdotal, hay un libro negro en el que se registran los ingresos y egresos. Cada semana se hace un corte, y cada que se cuenta un millón de pesos se cambia de libro. El libro que observo es el séptimo desde que el padre regresó a Temastián, en agosto de 1999.

“No vengo a construir sólo en el aspecto material, también en el espiritual”, ataja el párroco, al advertir que la plática se orienta sólo a los cambios materiales visibles que experimenta Temastián, y que están haciendo de este centro católico de la zona Norte de Jalisco un lugar más acogedor para los peregrinos.

Doy gracias por favor recibido

Esta nota comenzó con las preguntas de ¿por qué vienen tantos fieles? y ¿por qué unos hacen tanto sacrificio? En cada peregrino hay una respuesta.

El joven Miguel, el que dio su primer salario en Estados Unidos porque así es la tradición, muestra su mano izquierda: una cicatriz enorme. Un ateo dirá que los médicos estadounidenses hicieron un excelente trabajo para que el joven no perdiera la mano. Él está convencido de que el Señor de los Rayos le hizo el milagro.

Un pollero de Colotlán que camina por el atrio abrazado de su pequeña hija vino a dar las gracias porque regresó con bien a casa. Y Enrique, un señor que encabeza un grupo de Ixtlahuacán de los Membrillos, viene por simple devoción. “La devoción es concreta, firme. Deben una manda y vienen a pagarla”, comenta el sacerdote Alejandro Valdés.

Las salas de los retablos también “hablan”. Desde el señor que en 1904 salvó su vida cuando un toro le sacó las tripas, pasando por el que dejó una foto de Vicente Fox en agradecimiento porque el ranchero de Guanajuato llegó a la Presidencia de México, hasta la muchacha que regresó sana y salva de la guerra de Irak.

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Pero, no todo es para tomarse tan en serio. Antonio Pinedo, después de postrarse ante el altar con mucho respeto, de visitar las dos salas de los retablos y de comprar una imagen en la tienda de artículos religiosos, descansa en el atrio. Platica con sus parientes: “El día que me vine caminando desde Colotlán, ¡llegué bien adolorido! Ese día le hice una promesa al Señor de los Rayos: ¡que nunca más lo volvería a hacer!”.

Algo de historia del Señor de los Rayos

Cada santo tiene su carisma; unos con más pegue que otros. Unos cimientan su fama poco a poco y otros de forma rápida. Cada historia es diferente. Cada historia tiene su particularidad.

El párroco de Temastián, Alejandro Valdés, suelta la siguiente frase acompañada de una sonrisa. “La gente me pregunta, ¿desde cuándo existe la imagen? Y yo les contesto, desde el momento que la conozco. A partir de ese momento existe y ya cuenta para mí”. Respuesta clara, pero desde la perspectiva de la fe.

Cito dos de los más antiguos testimonios sobre la imagen. En los libros parroquiales de Totatiche hay un inventario realizado por el señor cura Isidro Espina, en 1765, en el que expresa “las Pertenencias de este pueblo de Totatiche”, y entre esas pertenencias se encuentra “Temastián del Espíritu Santo”, una aldea asentada en el declive de una colina, en cuya parte superior existe un espeso robledal que perfuma la cañada, dividida por un riachuelo que flanquean graciosamente los álamos y eucaliptos de las huertas. En el texto del cura Espina se lee:

“Entre los encantos de que los vecinos se ufanan de conservar en dicho pueblo, se encuentra la posesión de una antiquísima imagen de Jesús crucificado y que llaman el Señor de los Rayos”.

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El segundo testimonio data de 1799, cuando la señora Petronila Angulo Hurtado Mendoza dejó parte de su herencia para “el Señor del Rayo”. De acuerdo con la tradición oral, la denominación “de los Rayos” surgió cuando un franciscano enseñaba la doctrina cristiana bajo un mezquite, y se desató un horrendo aguacero y un rayo, que pudo causar la muerte de los fieles. El rayo se estrelló contra la cruz, que soportó toda la carga y el cuerpo del señor crucificado quedó intacto.

Que la imagen del Cristo fue un regalo del misionero Antonio Margil de Jesús es otra de las versiones. El célebre evangelizador tomó la encomienda de visitar a los reacios indígenas que habitaban lo alto de la sierra Madre. En una carta fechada el 11 de abril de 1711 y escrita en San Luis de Colotlán, el padre Margil dice:

“Ya de aquí iremos acercándonos al Nayarit […] acompañemos a Jesús, él solo sea el misionero y nosotros sólo sus jumentillos”.

Siguiendo la tradición, cuando el misionero llegó con los primeros indígenas, éstos no quisieron escucharlo; le arrojaron un zorro muerto y le gritaron: “¡Tomen, para que cenen esta noche!”. En otra carta del 21 de mayo, el padre Margil y su pequeña comitiva, en la que iba un indígena que le servía como intérprete, cuenta que se encontraron con 36 indios armados de arcos, flechas y machetes, quienes les perdonaron la vida. En fin, que el gran evangelizador de México y América Central, tuvo una sonora derrota con los indígenas del Norte de Jalisco y del Este de Nayarit.

La tradición oral, pues, apoyada por algunas personas de la Iglesia (como Benjamín Ruelas y Sánchez, quien escribió un folleto histórico sobre Temastián en 1932), sostiene que de regreso de la sierra, el padre Margil de Jesús habría donado a Temastián la imagen del Cristo crucificado que le acompañó en su frustrada evangelización.

Hay otra corriente dentro de la Iglesia Católica que no cree esta versión, y para ello se basa en que, en ninguna de sus cartas, el padre Margil describe un Cristo con las características del que se honra en Temastián. Además, el evangelizador se hizo acompañar de sólo tres personas y, se preguntan: ¿cómo le habría hecho para cargar una pesada imagen de tamaño natural?

Entre quienes sostienen esta hipótesis se encuentran Luis del Refugio del Palacio, cronista de la Orden de San Francisco, el mismísimo padre Julián Hernández (párroco de Temastián por 41 años) y el actual sacerdote de Temastián y quien además es nativo de esta comunidad, Alejandro Valdés.

Las características físicas del Señor de los Rayos son muy similares a los Cristos elaborados en Pátzcuaro, Michoacán, a finales del siglo XVI y principios del XVII, hechos unos con caña de azúcar y otros de madera.

Sus formas son muy similares al Cristo de la parroquia de Mexicaltzingo, en Guadalajara: la forma de las costillas, la herida del costado, la abundancia de sangre y la postura de los pies.

Una característica más, un defecto de los crucifijos de aquellos tiempos: los dedos de los pies son demasiado largos y casi de un mismo tamaño todos. Por todo ello se cree que los frailes de la Orden de San Francisco, de la entonces custodia de Zacatecas y recién radicados en el convento de Colotlán, llevaron la imagen del Señor de los Rayos a Temastián en los primeros años del siglo XVII, “cuando sus naturales ya estaban bautizados” y se construyó la primer capilla, como se lee en el libro Historia de la venerada imagen del Señor de los Rayos, de Luis Enrique Orozco.

El despegue de un Cristo

¿Cómo es que se registró un crecimiento sustancial en la devoción hacia la imagen de un Cristo crucificado en la primera mitad del siglo XX? Esta historia no es tan complicada de seguir, como la anterior, debido a la existencia de documentos y de personas que fueron testigos. “80 o 90 por ciento de lo que es Temastián se le debe al padre Julián Hernández Cueva”, afirma el sacerdote Alejandro Valdés.

Julián Hernández Cuevas llegó en mayo de 1922, cuando Temastián era un pueblo de unas 30 casas de techo de zacate. Entonces sólo existía un pequeño templo. A los cinco meses, en octubre, comenzó la construcción del santuario. El primer día se juntaron 200 personas para abrir los cimientos y cuando se levantaron las bardas llegaron a trabajar, al mismo tiempo, 300 hombres. De cómo se logró hacer un gran santuario en un rancho inhóspito y pobre, Alejandro Valdés habla del carisma del padre Julián, de su poder para pedir donaciones de los habitantes.

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El académico Mario Alberto Nájera, de la Universidad de Guadalajara, es más suspicaz. En esos años se intensificaron las hostilidades entre la Iglesia católica mexicana y el gobierno y, más tarde, durante la Guerra Cristera (1926-1929), la zona Norte de Jalisco se unió a los enfrentamientos armados. La frase de batalla de los católicos fue “¡Viva Cristo Rey!”, por lo que no es descabellado sugerir, dice Nájera, que desde la Diócesis de Guadalajara se impulsara entre los habitantes el fervor por una imagen de Cristo.

Incluso, hay otro detalle que alimenta la curiosidad. El sacerdote de Totatiche, Cristóbal Magallanes, prohibió la fiesta en honor al Señor de los Rayos en 1905, porque “el desorden y la embriaguez se adueñaron de esta festividad”. Sin embargo, en el año de 1920 el propio Magallanes la reinició a solicitud de la comunidad.

La relación entre Totatiche y Temastián con la jerarquía de Guadalajara, a su vez, era muy cercana. Cuando en agosto de 1914, las fuerzas carrancistas se adueñaron del edificio en donde estaba el Seminario de Guadalajara, el párroco de Totatiche, Magallanes, albergó por un tiempo a los seminaristas en su pueblo.

“La construcción del santuario de Temastián contó con un apoyo enorme de Cristóbal Magallanes y del obispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez”, cuenta Nájera. “Cuando el obispo Orozco fue perseguido durante la Guerra Cristera, se escondió entre las montañas y barrancas del Norte de Jalisco”. Cristóbal Magallanes, por su parte, fue apresado cerca de Temastián y luego fusilado en Colotlán. Hoy ya es santo.

Existen registros eclesiásticos de que la fiesta anual se comenzó a celebrar en 1858, en el jueves de la Ascensión (mes de mayo). El 11 enero de 1934, cuando la mayor parte del santuario estaba de pie, se colocó la imagen del Señor de los Rayos en el altar.

Y al día siguiente se ofició la misa pontificial, con la presencia del recién nombrado obispo de Guadalajara, José Garibi y Rivera. Desde ese 1934, pues, se comenzó a celebrar el novenario en el mes de enero. Y de ser una imagen muy querida y conocida solamente entre los fieles de la zona Norte de Jalisco, comenzó a recibir visitantes de otras poblaciones más lejanas.

El benefactor hecho escultura

El padre Julián Hernández es muy recordado aquí. Fue el constructor del santuario y fue muchas cosas más durante los 41 años que permaneció en Temastián. Él impulsó la construcción de las casas de cantera. Conocedor de la homeopatía, recetaba chochos a los enfermos.

También fundó escuelas en Temastián y en los ranchos adscritos al pueblo. Además del santuario, del que se puso la última piedra en 1952, construyó una casa de ejercicios religiosos con 225 cuartos. Organizaba estudios espirituales con 200 personas durante ocho días seguidos.

En el lugar donde está la casa de ejercicios, hoy sin uso, el padre Alejandro construye la zona pastoral, el asilo, el hotel y el estacionamiento, y aprovechará para ello la misma cantera.

Después a la Guerra Cristera, el padre Julián Hernández trabajó en la promoción del Señor de los Rayos. Contó con el apoyo del obispo José Garibi y Rivera, quien de joven vivió dos temporadas en Totatiche y Temastián (1916 y 1917). El vicario Julián también se apoyó, para la promoción, en una amplia red de iglesias mexicanas.

En la parte civil, el gobernador de Jalisco, Jesús González Gallo, se convirtió en bienhechor. De jóvenes, González Gallo y Julián Hernández se hicieron amigos en el seminario. Años después, se brindaron apoyo, cada uno desde su nueva responsabilidad. González Gallo lo visitaba en Temastián como gobernador y como amigo. Le confiaba el dinero para las obras de la delegación, como la construcción de la presa. Y el trazado de las calles anchas se las sugirió el propio gobernador.

Todo lo que comienza termina. El padre Julián Hernández Cueva dejó Temastián en 1963, tras 41 años de trabajo. Fue destinado a San Juan de los Lagos, donde murió en 1975.

A la entrada del atrio de Temastián hay dos efigies. A la izquierda, el busto del santo Cristóbal Magallanes y a la derecha una gran estatua de Julián Hernández. El temastianense Narciso García, de 63 años, muestra una foto en la que se observa cuando colocaron el monumento del padre Julián: se ve a miles de personas en procesión por el pueblo con la escultura de Julián Hernández, cubierta por una manta, por la avenida del santuario. “Cuando destaparon la figura del padrecito Julián para colocarla en su base, mucha gente lloró. Es que es igualito”, concluye el señor Narciso, con la foto en las manos.

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Los recuerdos de don Cruz García

Con sus 90 años, Cruz García recuerda la Guerra Cristera y la construcción del santuario del Señor de los Rayos. Él hizo la cruz que corona la cúpula. Don Cruz dormita en el patio de su casa sentado en una silla, frente a un árbol de lima. Cerca está un perro echado que se levanta de inmediato al escuchar la voz.

–Don cruz, ¿se puede pasar?

–Ándele, pásele.

–¿Y no muerde el perro?

–Sí, le gusta agarrar de las corvas…

Él es un correoso hombre de 90 años. Ha sido testigo del desarrollo de Temastián y del Señor de los Rayos. “Cuando yo abrí los ojos (en 1914) había unas cuantas casitas. No había calles. Nos vestíamos con pechera y calzón de manta. El padrecito Julián nos animó a vestirnos con pantalón”, dice.

Desde esta casa ubicada en la parte alta del pueblo se divisa perfectamente el santuario. “Todos trabajamos en la construcción. Ese templo no tiene una sola varilla ni cemento”. Narciso, el hijo de don Cruz, se incorpora a la plática. “Ándale, arrima tu silla, para que me ayudes a recordar”, le comenta el viejo.

El “joven” Narciso sonríe. “Él lee bien un papel sin lentes y yo no. Nunca se queja de las reumas y yo sí. Estoy más jodido que él”. Narciso es la tercera generación de la familia dedicada a fraguar: templar el metal y sacarles filos a los picos, las palas, azadones, talaches, etcétera. Su abuelo Fermín y su padre Cruz fueron los que siempre tuvieron a punto todas las herramientas de metal que se usaron durante la construcción de la casa del Señor de los Rayos.

Y aún más. La cruz que hoy corona la cúpula salió de las manos de don Cruz. Y las seis lámparas hexagonales las hicieron Narciso y su hermano Fermín.

Los peregrinos venían a caballo, en carretas. Después, en trocas y camiones de donde colgaban sus metates, los comales y las ollas. Hoy se ven muchas camionetas último modelo. Cruz García ha sido testigo de ello.

“Cuéntele de cuando agarraron al santo Cristóbal”, sugiere Narciso. “Aaah. Sí pues. Yo estaba añejito. Íbamos hacia Santa Rita cuando vimos pasar a los cristeros a caballo. El santo Cristóbal iba con ellos. Después nos pasaron las tropas. Más tarde vimos a lo lejos regresar a la tropa. Por la distancia vimos que llevaban a un señor de blanco. Al poquito andar, José María Miramontes le contó a mi padre que habían agarrado al cura: al llegar a Acaspulquillo [un rancho] su caballo se le amachó. No quiso saltar una cerca. Sí pues, ya nos vinimos tristes”.

Don Cruz tuvo siete hijos, una hija y un hijo viven en Temastián y los demás en Estados Unidos. Su esposa Fermina Cárdenas murió hace cuatro años. Él mismo estuvo en el Norte y allá confirmó la devoción hacia el Señor de los Rayos. “Me abrieron [operaron] la cabeza, mire”, y se agacha, con el sombrero en las manos.

Al terminar su narración, Narciso regresa, después de haber ido a la sala por varias fotografías. Las muestra. Fotos de cuando comenzaban a poner las torres, la cúpula. Imágenes de cuando ya estaba terminado. De peregrinaciones. De cuando existía un tabachín junto a la puerta. De cuando instalaron el monumento del padre Julián Hernández. Don Cruz se queda callado un momento, Narciso también. Aprovecho el momento para dejarlos con sus recuerdos.

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Fuente: Colotleco
Información: Francisco Vázquez Mendoza