Nestlé OcotlánHoy me levanté pensando en el olor de Ocotlán en la mañana, recordando cuando iba a mis poquísimas clases matutinas siempre apurada saliendo de las múltiples casas en las que viví.

Quince a las nueve era cuando llegaba a comprar algo para desayunar en el Okis; a veces eran cigarros, otras, unas galletas y una botella de agua. Quienes me conocen saben que no soy muy devota al desayuno, quienes me conocen más se van a reír y dirán: “lo que pasa es que estabas cruda” y yo reiré más, porque sólo cuando estaba cruda deseaba desayunar.

Bueno, hoy me levanté pensando en el olor de Ocotlán por la mañana, cuando me acompañaba cualquier perro callejero o uno de los perros que adoptábamos por un corto tiempo y que sólo me dejaba en la puerta de la universidad para después acompañar a un solitario de vuelta a su casa o a los tacos de Rosalba.

Me desperté pensando en que ya no extrañaba Ocotlán ni su olor en las mañanas. No extraño las puertas que daban hacia la nada en el segundo piso de una casa, ni las azoteas que te llevaban hacia la nada en el atardecer.

No extraño caminar por la orilla de la ciclovía que atraviesa avenida Universidad hasta la calle Oxnard. Tampoco la búsqueda nocturna de tacos, ni la de la tarde que era para robar dulces en Soriana.

No extraño caminar de barrio a barrio con una caguama en la mano, llaves y otra cajetilla de cigarros.

No extraño explotar hasta el cansancio en notas, crónicas, sondeos y entrevistas sobre el comedor para inmigrantes, los migrantes falsos, la contaminación del río Zula, el paso desnivel, las tres secundarias públicas del municipio, la población flotante de estudiantes foráneos en Ocotlán, ni la terraza chelera de Don Chava.

No extraño caminar junto con mis roommies al salón de clases, sentarme junto a mis roommies, trabajar en proyectos con mis roommies, comer con mis roommies, cenar con mis roommies, embriagarme con mis rommies, pedirle a mis roommies cinco minutos más de fiesta o que me dejaran dormir sólo diez minutos más.

No extraño explotar hasta el cansancio la deontología y la ética, las características de la radio, el uso del discurso ni a “las conejas guadalupanas”.

No extraño la rica gastronomía de las papas rellenas los miércoles de dos por uno en el cine, ni de los tacos de lechón, ni la aún más rica creación de nuevas referencias culturales como Doña Sabrosa, Doña Lenta, Doña Cerquita y el Señor de los Putazos.

Tampoco extraño el seccionamiento de clubes y clases sociales demarcados por un tirano líder o una elegante casa, mucho menos extraño que todo ese clasismo después de las 12 de la noche de un jueves se volviera una algarabía de risas y temas muy, muy importantes que también explotamos hasta el cansancio.

Hoy me levanté pensando en el olor de Ocotlán por las mañanas: una mezcla de humedad, flores y gasolina.

Fotografía: Abraham Aréchiga / Universidad de Guadalajara

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Gabriela León
Colaboradora de Ciudad Olinka. Ha trabajado en medios como Radio UdeG Ocotlán.